Las últimas lluvias del año en El Salvador son el punto de inflexión para muchas cosas: marcan el inicio de la estación seca, determinan el período en el que hay que empezar a recoger las últimas cosechas que han germinado durante la época de lluvias y suponen un cambio en el paisaje del país.
Este año las últimas lluvias en gran parte del país han sido el 8 de noviembre, y desgraciadamente han marcado un punto de inflexión en la vida de mucha gente. La zona paracentral del país recibió durante cuatro horas la misma cantidad de lluvia que se esperaba para todo el mes, provocando una de las mayores tragedias de los últimos años.
La cifras, aunque frías, son elocuentes: 198 personas muertas, 77 desaparecidas y aún continúan en albergues 7.773 personas. Los daños en infraestructuras han sido inmensos, se calcula en torno a los 80 millones de dólares la cantidad necesaria para su reparación, y 110 escuelas han sufrido daños, con lo que 43.280 alumnos/as y 1.438 docentes, han sido afectados/as en su día a día.
Esta semana nos hemos desplazado, junto a nuestra contraparte en emergencias Comandos de Salvamento, a una de las zonas más afectadas por la tragedia. Incluso en la emergencia se nota que a El Salvador han llegado nuevos tiempos políticos, pues para acceder al área de intervención sólo se puede por vía aérea con lo que el Ejército ha puesto sus medios para facilitar la llegada de la ayuda humanitaria, algo con lo que nunca habíamos contado Comandos de Salvamento y Asamblea de Cooperación con anteriores administraciones. Una vez en la comunidad de Joya Grande, hemos podido ver cómo los corrimientos de tierra han sepultado vidas, sueños y esperanzas. El 85% de la comunidad se ha destruido.
Para ejemplificar la tragedia, quiero contaros sólo una historia. Teresa es una mujer alta, morena, de aspecto robusto y ojos marrones con una mirada triste que evidencia que algo ha pasado. Es vecina del cantón Joya Grande, en el municipio de Ilopango, al que llegó en el año 1985 procedente del departamento San Miguel, en busca de más opciones de empleo y huyendo del conflicto armado. Este mismo año había finalizado de pagar el lote en el que estaba construida su vivienda. Su día a día transcurría entre su trabajo en una panadería del mismo cantón y su papel como lideresa comunitaria. La noche del 8 de noviembre era día de celebración en casa de Teresa, pues su madre había llegado con el dinero de la venta de unos terrenos que les iban a permitir comprar una casa que llevaban años anhelando. Toda la alegría se convirtió en angustia cuando sintieron que de la colina de atrás de la casa empezaban a caer riadas de tierra y agua. Apenas tuvieron tiempo para abandonar la vivienda antes de que todo desapareciese, años de trabajo, esfuerzo e ilusiones habían sido engullidos, en apenas segundos, por un montón de tierra y rocas.
Teresa llora sobre los escombros de su casa, la mirada perdida busca los muros de lo que algún día fue su casa y encuentra consuelo en que por lo menos de su familia no ha muerto nadie. A pesar de todo, es una de las lideresas de la comunidad que está organizando la ayuda, y rebuscándose para encontrar medios que les permitan rehacer la vida y empezar de nuevo.
Historias como está subyacen a la tragedia en muchas partes del país, pero como se suele escuchar en comunidades y caseríos, “hay que seguir en la lucha…”.
Alejandro Quiñoá (Lugo, 1980) es Coordinador de proyectos de ACPP en América Central



